Opinión

Cuando todo esto pase

Nunca antes en nuestro tiempo de vida, habíamos tenido que soportar una coyuntura crítica, en límite entre la vida y la muerte, de aislamiento social, como el que ahora estamos padeciendo colectivamente.

Lo máximo habían sido paros armados en medio del conflicto, apagones durante el revolcón, los castigos de los padres en la adolescencia, noches eternas en UPJs o los encierros para quemarse las pestañas, estudiando los exámenes finales en la universidad. Pero nunca alejados de su familia y de sus seres queridos, o en este cambio total en nuestra actividad diaria o estilo de vida, en medio de la zozobra, de temer enfermarse o de perder a alguno de los suyos, o una agorafobia voluntaria, recibiendo por todos los sentidos y hasta en la mente, que siempre vuela, flashes de innumerable información que, parece, aún no somos capaces de digerir, mientras añoramos un beso, un abrazo o un apretón de manos. 

Desde ese punto de vista, sin exagerar, ni alarmar, teniendo en cuenta que las cifras de la pandemia están en tiempo real, que tenemos acceso a tanta información, así haya mucha basura, que nos mantiene alertas, con miedo, desesperados y que a muchos, en este momento, ni siquiera les interesa, porque los absorbe el miedo a contagiarse; el hambre, esa violencia silenciosa, como leí por ahí; o las preocupaciones del día a día y del que algunos ven como lejano futuro. Tampoco quisiera plantear descabelladas propuestas, como que, si alguna vez salvaron el sistema financiero con un impuesto al patrimonio, ¿por qué no podrían salvar a la humanidad con el aporte de los que más pueden? O entre todos los países ayudarse, eliminando los intereses al servicio a la deuda externa o eliminándola con un sólo enter o convirtiéndola en una renta básica universal, hacia un nuevo modelo de desarrollo económico y social, más democrático, equitativo, humano y más justo. 

Acordemos una tregua

Lo que, si es clave, en este momento de reflexividad, en estas coyunturas críticas en las que no valen los cálculos políticos, sería ¿por qué no acordar una tregua? No sólo a los conflictos armados en el mundo, sino a la depredación, a la corrupción, a la violencia, a la delincuencia, al sistema económico y modelo de desarrollo actual, que no sólo está destruyendo a cuenta gotas al planeta, sino que además amenaza, más temprano que tarde, con acabar con la existencia de la especie humana. ¿Una tregua por la vida?

Cambio de paradigma

Las pandemias, uno de los dilemas de la humanidad en el Siglo XXI. Pero, no el único. Esta pandemia ha puesto al desnudo, lo que llama Naomi Klein: el capitalismo del desastre. Puede que sea el resultado o la causa. En otras épocas, que nos tienen como estamos, hasta era revolucionario, y muchos hablaban, como naranjas mecánicas, de privatización, del fin del mundo, del último hombre, del nuevo dios: el mercado. En esta coyuntura, como si la historia girara en espiral, se clama por la nacionalización, el bienestar general, los derechos. Lo dicho: el neoliberalismo está infectado y en cuidados intensivos. No obstante, ojalá este periodo de riesgo, de preocupación, hasta de paranoia, sirva de espacio de reflexión para que dejemos atrás un sistema antiético basado en el egoísmo, la envidia, la ambición y la avaricia, y lo cambiemos por uno basado en la solidaridad, la cooperación, la ayuda mutua y la unión. Del odio al amor sólo hay un paso. 

Más allá de las reflexiones en tiempos de crisis, cuando todo esto pase, no podemos caer en la trampa de repetir los mismos errores, con los mismos con las mismas. No podemos caer en la cascarita de plátano. Es claro que muchos ya sabemos, así tengamos un velo en los ojos, ¿Quiénes son los dueños en el mundo de la producción en masa y de la comercialización de alimentos, bebidas, medicinas, vestidos, equipos, productos de primera necesidad, bienes, comercio, servicios, industria…?; ¿A quienes les va bien,pese a que a las mayorías les vaya mal? Seguro, ya saldrán las grandes corporaciones, los vampiros inmortales del capitalismo salvaje, con sus vacunas sintéticas, con sus medicinas esenciales, para los ricos, y genéricas, para el pueblo; o con sus diseñadores a crear la moda post pandemia, los cascos, los relojes, los implantes, con su comida insípida y estéril, con sus Smartphone de la profecía de Terminator, con las gafas anti covid19, las bandas sonoras de la nueva Matrix, los tapabocas blin blin, los guantes de colección, las cámaras de esterilización caseras, los implantes, la ropa ajustable a cualquier clima y talla, los perfumes y hasta condones auto inmunes, los automan hiperbáricos, las películas en las que las potencias les ganan a los super virus, los lugares a visitar en que no llega ninguna enfermedad. En fin, todo volverá a ser un negocio. Al parecer somos flor de un día en la consciencia sobre la preservación de la humanidad. Así no es. 

La salud es un derecho

Las medidas empiezan por casa. Y se predica con el ejemplo. Yo no sé mañana, como la salsa de Luis Enrique, no es la solución. Encontrar la respuesta correcta, tampoco parece. Si, hay un tufillo de que hay algo más que todo esto que en nuestras manos está ocurriendo, como un gato encerrado de un mundo divergente, pero parece que aún no estamos preparados para esa conversación, medio nazi, medio maltusiana, medio de selección natural, medio de intereses ocultos, medio de realidad de la naturaleza. ¿Quién sabe? 

Lo que sí es claro es que para enfrentar la emergencia y las que vengan, es necesario interiorizar que la salud es un derecho. Que no es sólo una consigna mamerta: Salud pública, gratuita y de calidad. Que es clave la promoción y prevención en salud. El médico de aproximación, la salud a su hogar. Que el paciente no es un cliente. Que la inversión social en salud es justicia y salva vidas. Ojalá después de que pase el temblor de la emergencia por la pandemia, comprendamos que es más importante invertir en investigación básica en salud para generar vacunas o tratamientos preventivos que en lo estético. Más camas, menos balas; mas UCIs menos UZIs; más médicos y enfermeras que soldados. No importa de dónde vino este virus o el que venga o en lo que se convierta, ni quien lo trajo o lo contrajo, lo clave es contar con las herramientas técnicas para prevenirlo, controlarlo y tratarlo. Lo clave es salvar vidas. Y prevenir que muera gente en el futuro. 

En ese sentido, los organismos multilaterales, las ligas de países, las corporaciones trasnacionales, podrían convenir para el mundo, que la investigación y eventual vacuna para pandemias, como la del COVID19, no se puedan patentar, sino que sean patrimonio de la humanidad. Si es el caso que la banca internacional lo financie, con el aporte de los grandes laboratorios, las universidades y sus avances científicos, y luego esta vacuna sea inoculada de manera gratuita entre toda la población y entregados los medicamentos para los tratamientos de los ya contagiados. Y sigan las investigaciones contra sus mutaciones y cepas, o contra los eventuales virus que vengan por el cambio climático, por la evolución o por la mano del hombre. 

Un nuevo modelo de desarrollo: Plan Marshall mundial. 

Clave, también, para la solución a la crisis que puede llevar a una hambruna, es fortalecer la economía popular campesina. Cerrar las brechas entre el campo y la ciudad. El Estado debería comprarle los productos de primera necesidad, sin intermediarios, a los pequeños productores, sin desconocer que algunos productos requieren transformación y otro tipo de comercialización, sea en fábricas o en grandes superficies, con las que también se debe transar. Alianzas público privadas y alianzas público populares, son la opción. También, el Estado debería generar muchos empleos dignos de emergencia, en alianza con el sector privado, que logren hacer a las empresas sostenibles, sobre todo a las de corta vida. Así como establecer normas para la seguridad alimentaria mínima del país. Si es el caso, por encima de tratados leoninos, que les ponen restricciones; semillas y cultivos libres, y producción en masa de bienes para la subsistencia de nuestra gente. Se requiere un Plan Marshall, mundial. Pagado con un fondo nutrido con los recursos para el servicio a la deuda externa de los países a los que se la condonen.

La pobreza oculta es una realidad

Nuestro país ha crecido a punta de bonanzas. Cada enclave deja una hojarasca. Ahora con el aislamiento social, estamos en un momento contrario, de vacas flacas. La reculada del ovejo, dirían los abuelos. ¿Cómo enfrentarlo? Las medidas de excepción para la emergencia, parecen más bien de cosquilleo o que estuvieran hechas a la medida para atacar a la clase trabajadora y no tocar a las élites privilegiadas. Eso del aislamiento inteligente, son dos palabras contrapuestas. Suena a pleonasmo. Es importante recordar que ni para conjurar estas emergencias, se puede limitar la dignidad humana, ni poner en riesgo la vida, ni afectar el núcleo esencial de los derechos fundamentales. Con la idea de que hay que gastarlo todo, porque de esta salimos, así sea en los rines, la emergencia no puede ser pagada con nuestro futuro. Con las eventuales pensiones. Con los ahorros de la clase trabajadora. Tampoco puede servir para hacer más ricos a los ricos y recuperar la imagen caída de pésimos gobernantes. O tratar esta crisis como si fuera una guerra. Es la vida, juntos podemos, pero con equilibrio, es decir, con justicia social equitativa, con actitud responsable, con esperanza. 

La pobreza oculta. No es pobreza vergonzante. Es una realidad. Todo el mundo habla de la pobreza extrema y de proteger a la economía, a la punta de la Pirámide, ¿alguien piensa en las capas medias, en la pobreza oculta? La ‘clase sanduche’ que sobrevive al día a día. Que tapamos un hueco para llenar otro. Que le debemos media vida a los bancos, y la otra, a quien nos hizo el favor. Que muchas veces vota por quien le digan o sino pierde la amistad. Los de a pie. A los que ayudan con contratos basura, así reúnan todos los requisitos. Los que pagamos el pan de arriba y el pan de abajo, y en la mitad, nos hacemos agua. Somos los que resistiremos. Pero, ¿Para qué? ¿Pa’ la misma vaina? O algo peor: Para indignarnos y exigir, cuando estén las arcas vacías, tanto del Estado como de los ahorros del man de a pie. ¿Cuando nadie le pueda cumplir a nadie? Una especie de condición resolutoria tácita universal. Un corralito en efecto dominó. Deudas, pesimismo, falta de certezas. Desempleo, hambrunas, pobreza. Acaparamiento, desabastecimiento y especulación. Inseguridad. Esclavitud paga. En fin. Tampoco es el apocalipsis, aún hay esperanza, con las puertas y las ventanas abiertas. Esta vez entre todos. La cuestión es de decisión. 

Es la vida, estúpidos 

Lo que, si es cierto, es que el amor es más fuerte a cualquier virus, a cualquier calamidad. Es el momento de hilar redes de solidaridad y de afecto. Después de las tinieblas viene la luz. Es el tiempo del cuidado de nuestra casa común, como dice el Papa en Laudato Si o de remar juntos, en la misma barca, como nos anunció Francisco, en su solitaria bendición Urbit et urbi; es el tiempo de la convivencia con la naturaleza, del respeto a nuestros recursos naturales, del amor por la Madre tierra. Es la vida, estúpidos. Esto debería ser lo único que nos una. 

Inclusive, ojalá que esta época de crisis sirva para reflexionar sobre el valor de la vida humana, de cada persona, así tenga defectos, enfermedades o sean ancianos. Poner en la balanza la importancia de las personas mayores en una sociedad moderna y democrática. Sobre su conocimiento, vivencias, tradiciones e historia. Y los pongamos en el sitial que se merecen, el de los sabios. 

Ojalá cuando pase todo esto,  podamos vivir el día a día, con alegría, con esfuerzo, con disciplina, con tiempo para parar el mundo, para vivir con lo necesario, para disfrutar de la familia, para criar y educar a nuestros hijos, para querernos a nosotros mismos. Ver la hora mágica del atardecer. Disfrutar del paso de las horas. De la poesía, de la imaginación, de la creatividad,  del arte, de la música, de lo prosaico, de lo sublime, sin perder de vista el sentido común y la razón en nuestras vidas. Saber, soñar, idear, pensar, hacer. Aprovechar las cosas sencillas de la vida, los pequeños detalles. Los instantes de júbilo, la compañía de la soledad. Por ahí es la cosa, por el sendero de la felicidad. 

Después de que esto pase, nada de Egobiernos.

Ningún gobernante en tiempos modernos habría tenido que sortear una situación como esta. Pero tampoco ningún gobernante o pueblo debe enfrentarlo solo. La esencia de un buen gobierno en tiempos de crisis es tener la sensatez de tomar decisiones rápidas para resolver problemas. No importa el cálculo político, la imagen o el ego. Lo que realmente importa es salvar vidas. 

No es Egobierno, es gobierno para todos, plural, equitativo, igualitario. Es un mandato popular que los gobernantes deben cumplir. Pudieron haber ganado elecciones, pero esos puestos ni las instituciones, ni los servidores, son de su propiedad. Son públicas, son de la ciudadanía y a ellas se deben. Cuando está en juego la vida, hay que dejar a un lado la vanidad, la imagen, las encuestas, la milimetría. Es necesario tomar las medidas, para salvar vidas. 

Estado-Nación Vs Ciudadanía universal

Allí uno se pregunta, ¿es una crisis o una oportunidad para el Estado-Nación? O, quizás, para la eventual ciudadanía planetaria. ¿Será que se clama por un nuevo contrato social para la supervivencia de la especie humana en el mundo? Momento para revertir la pirámide del presupuesto público, hacia la justicia social. Poderosa estrategia. No sólo contra el COVID19, sino para la vida digna. Volver al estado bienestar. Con un mínimo vital, en todo el mundo, una renta básica ciudadana universal, que sea útil para, también, gozar del proceso de ayudar a otros, en cada momento, en cada lugar, a realizarse como seres humanos, para ser libres, para gozar de sus derechos y ejercer como sujetos políticos, su ciudadanía. Esa es la cuestión. Sin dejar que la mano izquierda sepa lo que hace la derecha. Sin pensar en izquierdas ni derechas, o en dicotomias entre lo público y lo privado, sino en el buen vivir. 

Desarmemos el lenguaje

Cuando todo esto pase, ojalá haya más pluralismo, credibilidad y equilibrio informativo. Ojalá las redes sociales en esta coyuntura crítica, sirvan de espacio público de debate para la comunicación, el diálogo inclusivo, la cohesión, y para recuperar los lazos de afecto y fraternidad; no para la vanidad, el diálogo de sordos y la mentira. Ojalá desarmemos la palabra. Haya más debate público, control social, decisión ciudadana, consensos por el desarrollo humano sostenible, la Paz y la democracia. 

No somos cosas

¿Estamos preparados para la adversidad? ¿A qué le llamamos felicidad? A aprovechar el día,  a ser conscientes de nuestras propias limitaciones, a ser capaces de pensar por sí mismos, de ponerse en el lugar del otro, de tomar sus propias decisiones; de comprender la sutil diferencia entre caridad y el principio y/o deber de la solidaridad, (sobre todo en tiempos de fuerza mayor) entre responsabilidad y rentabilidad, o ¿a sobrevivir en un mundo de apariencias y consumo superfluo que nunca nos llena, sino que nos sostiene en la parte baja de la balanza, con miedo, depresión, soledad, aburrimiento, deudas, vacíos existenciales, hambre, desesperanza, casi que perdiendo la fe, la esperanza y la capacidad de luchar? Ojalá cuando esto pase seamos conscientes de que no dependemos de un mundo externo, en el que no nos encontramos con nosotros mismos. En el que no le damos fieles respuestas a ¿qué le da fuerza a nuestra mente, a nuestro cuerpo, a nuestra alma, a nuestro espíritu? 

Cuando todo esto pase ojalá podamos aprender a supervivir en condiciones hostiles, a producir nuestras propias herramientas, a cultivar y a criar nuestros alimentos, a curarnos, a ser un ciudadano integral, a convivir, a sobrevivir como lo hacían los seres humanos en los primeros tiempos y ahora nos hemos vuelto una cosa, como lo escribió hace 70 años Ernesto Sábato, en Hombres y Engranajes. 

El amor es más fuerte

¿Cuándo fue la última vez que conversamos en persona? Ojalá cuando todo esto pase comprendamos que los lazos de afecto hay que consolidarlos, como en el vallenato de Rosendo Romero, cuando dice que, si el amor es un cultivo, hay que cuidarlo mucho cada mañana, cada momento. Hay que volver a dialogar en persona, a darle tiempo al tiempo, a pasar momentos juntos, a saber, qué es lo urgente, qué es lo importante, qué es lo necesario. Hay que aprender a despedirse, a aceptar la muerte. Carpediem, poetas vivos.

Hace unos días pensaba, en Abdelhak Nouri, un jugador de futbol del Ajax de Holanda que después de tres años despertó del coma y se encontró con esto, ¿qué pensará? O quizá ¿le estarán escondiendo lo que ocurre, como hizo Alex con su madre en Good by, Lennin!?(2003) Ojalá cuando todo esto pase, sepamos que sobrevivir a cada día con una sonrisa es una victoria. Que apreciar cada instante, nos hace grandes, que se puede dormir toda la noche y despertar como nuevo, que cada ser humano debe nacer con un pan bajo el brazo y que mientras haya amor, nunca nos faltará aire.  

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Ricardo Villa Sanchez

Abogado, Magister en Desarrollo Social. Gestor de Paz. Aprendiz de escritor, narrador de vivencias en el viaje a sentipensante y a la felicidad.
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